
No da lo mismo la forma como se dicen las cosas, a mi no me da lo mismo, las discusiones y los malos entendidos pasan justamente por el cómo se dicen, dirán o dijeron las cosas que, trascendentes o no, impactan en otro, movilizando cargas emocionales y flujos de bilis, sangre y quién sabe cuánto otro líquido encolerizante.
El poder de la palabra, los sentidos, la polisemia, las implicancias, las imposturas y tanto gesto que uno podría usar, si quisiera, si pudiera, para dar cuenta de buena manera lo que se tiene en la cabeza.
Pero es mucho más complicado. Y las palabras mucho más esquivas.
Cuando el ministro de los interiores dice “Se acabaron los días de fumar donde quiera, cuando quiera y como quiera” me pudre. Yo tengo clarísimo hace tiempo que el fumar no es un arte libre que uno puede hacer en cualquier lado, como ciudadano que soy, entiendo perfectamente y respeto a quienes no fuman y en ese sentido comparto las políticas restrictivas anti-tabaco-adictos que facilitan la convivencia entre pulmones rojos y de los otros, de los nuestros. El tema no es no fumar, eso lo damos todos por sentado, pero el gesto, el tono, la forma, es horrible, y si bien podría sonar a banal el gesto de criticar una forma más que un fondo, creo que justamente en la forma pasan muchas más cosas que la estética o el envoltorio de un átomo, en la cáscara hay otro espacio de análisis, en la superficie se escapan las realidades que en el contenido a veces se adornan y pasan.
Se acabaron los días de hacer lo que quiera, se acabó eso de decidir libreta, se acabó esto de no pedirle permiso a nadie, se acabó… se acabó.
El mensaje de Hinzpeter no me deja con menos ganas de fumar, al contrario, me recuerda que las decisiones las tengo que tomar yo y que esto de ser un ciudadano tiene costos que hoy están saliendo más caros que nunca y que pronto podría acabarse la paciencia.
Hinzpeter es, a falta de un presidente padre-o madre- como lo eran los anteriores, ese padrastro que llega a imponer por atrás de la puerta lo que el niño malcriado nunca instaló de manera forzada, es la nana que maltrata a los niños cuando los padres trabajan, tiene odio, frente a una ciudadanía que considera juvenil, adolescente, perdida.
Hinzpeter es ese niño resentido, que no podía jugar con los niños fútbol porque podía romper sus lentes y su madre se las iba a dar si llegaba con la ropa sucia, que cuando grande busca resarcir desde el castigo que se cansó de recibir, imponiendo a otros una lección que, de ser bien entregada, podría ser mucho mejor aprehendida por toda la ciudadanía.
Ojo con las palabras, que si bien el contenido puede ser el mismo en los últimos 20 años, hoy suena violento, agresivo, amenazante, castrador, opresor.

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